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EL MISTERIO TRINITARIO EN LA VIDA DEL CREYENTE

Reflexión en la solemnidad de la Santísima Trinidad 30 de mayo de 2021

En esta solemnidad que celebramos hoy se resume en gran parte el misterio cristiano que se gesta en la comunidad de creyentes. Todo nuestro día a día como cristianos está permeado por la proclamación de tres divinas personas; cada domingo proclamamos como acto de fe el Credo, que, indiscutiblemente tiene una estructura trinitaria; cada vez que oramos con los Salmos, también invocamos la autoridad de la Trinidad; así mismo, cuando una Madre y un Padre dan su bendición a su hijo o como cuando en cada una de nuestras oraciones hacemos la invocación de la Trinidad. De esta manera, se resume la dinámica diaria de la vida del creyente, su fe y espiritualidad y, por tanto, de la Iglesia en la celebración de este misterio.

Para comprender esto podemos ir a las Sagradas Escrituras y encontrar que, desde la misma historia del pueblo de Israel, la comunidad de la que recibimos el Antiguo Testamento, se evidencia implícitamente la estructura del Dios trinitario; ellos descubrieron en medio de la pluralidad de culturas y del politeísmo de la época, que detrás de toda esta realidad religiosa hay un único Dios, que es creador y que camina con su pueblo, guiándolo hacia un proyecto salvador.

En esta historia contenida en el Antiguo Testamento es posible evidenciar diferentes rasgos atribuidos a Dios que le permiten unificarse con su pueblo y le concede rasgos esencialmente humanos. Uno de los preferidos por Jesús de Nazaret es su enseñanza de Dios como Padre, rol que le confiere una sensibilidad humana y lo acerca a su pueblo, configurando poco a poco en la experiencia cristiana una reciprocidad mutua de amor de un Padre para con su hijo. Por otra parte, es posible mostrar rasgos personales que se le atribuyen a Dios, como Sabiduría y Palabra, términos acentuados con mayúscula por la autoridad que poseen.

Sin embargo, el plan de Dios cumple su objetivo cuando su Palabra se encarna y se manifiesta en una figura humana, hecho real y contundente de su manifestación plena en medio de su pueblo. Jesucristo es el logos encarnado del Padre, es Dios que ahora no habla por medio de profetas; sino que es su hijo, Dios mismo que se expresa con palabras humanas, para que todo el que crea en él tenga vida eterna.

Pero, hemos hablado del Padre y del Hijo, y ¿el Espíritu?; pues bien, dentro de la historia del Pueblo de Israel también es posible encontrar rasgos figurativos a él. Lo encontramos desde las primeras páginas de la Biblia, en el libro del Génesis, donde se narra que antes de la creación del mundo, el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas (Gn 1,2), que ese espíritu de Dios era capaz de inspirar a los profetas (2Pe 1, 21), capaz de levantar los huesos secos de la humanidad (Ez 37, 1-14), enviado sobre hombres y mujeres sin distinción de clases (Jl 3, 2). Es de esta manera como vemos que el Espíritu de Dios actúa a lo largo de la historia.

Este es el mismo Espíritu que recibe María cuando es engendrado el Verbo eterno, es el mismo que se manifiesta con forma de paloma en rio Jordán (Mc 1, 10), es el mismo Espíritu que reúne a hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación en el Pentecostés que le da vitalidad a la Iglesia (Hch 2, 4). Reconocer esta unidad trinitaria es ver a un Padre, Hijo y Espíritu Santo que se estructura en una misma Palabra, que tiene su lógica en la acción salvadora a lo largo de la historia.

Jesús nos enseña que tiene un Padre: “quien me ve a mi ve a mi Padre” (Jn 14, 9), porque “el Padre y yo somos uno” (Jn 10, 30), él envía a sus discípulos a bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt, 28, 19). De esta forma, también el Apóstol san Pablo nos enseña en sus cartas cuando saluda a los cristianos deseándoles que “el amor del Padre, la Gracia del Hijo y la comunión del Espíritu Santo esté viva en ellos” (2Co 13, 13).

La Santísima Trinidad es la forma más integral de representar a Dios, nos permite reunir en pocas palabras una historia de salvación donde Dios se ha revelado misericordioso, compasivo, compañero de camino de su pueblo y de toda la humanidad. Celebrar esta solemnidad no es repetir una verdad aprendida y anquilosada en el tiempo, celebrar este misterio trinitario es reconocer que Dios sigue actuando en la vida del creyente, que Dios se manifiesta en el bien que el hombre hace en su camino, es aprender a contemplar el mundo y respetar la creación.

Una huella imborrable que deja la acción trinitaria es el mismo hombre, orientado a hacer el bien, cualidad de la razón que le permite ser especial en medio de la creación. Somos imagen de Dios, nuestra característica principal que une al Creador es que podemos amar, que buscamos de manera consiente hacer el bien, buscar la verdad y la bondad para todo. En ese rasgo de cada ser humano es donde se evidencia la imagen de Dios en nosotros.

Por último, celebrar este misterio es reconocer lo más profundo que tenemos en nosotros, esa realidad insondable que nos abre hacia Dios, que nos lleva a buscar la verdad, el amor y el bien. La tarea que nos deja esta enseñanza es esforzarnos por reflejar en nuestra vida de cristianos esa imagen de Dios trinitario dentro de nosotros, que cada día nuestro testimonio se parezca a esa verdad eterna de Dios, que nuestra capacidad de amar se haga tangible en la relación con el hermano, con el que sufre y con el que piensa distinto. Que esta solemnidad nos permita redescubrir nuestra fe en Dios, nuestra dignidad de seres humanos para poder conocerle, amarle y servirle en este mundo.

Fray Álvaro Alonso Vergel Montaguth, O.P.

Convento Santo Domingo de Tunja

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